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miércoles 9 de noviembre de 2011

El límite de los Indignados

La indignación crece. Pero ¿Qué pide esa indignación? Sería maniqueo decir que en cada punto del globo donde, sobre todo la juventud, se está expresando en contra de las decisiones de sus gobernantes, son iguales, contra sistema, o anticapitalistas. En algunos casos, piden justicia, sin poder definir ese término, mas allá de la no quita del confort que durante tantos años les han prometido. En otros lares, se pide por la generación de empleo, o se oponen al salvataje del sistema financiero.  Algunas minorías, se expresan abiertamente anticapitalistas.
Ser anticapitalista, se parece bastante a ser progresista. Es una forma de expresarse en contra del sistema imperante, admitir sus deficiencias para garantizar la felicidad, la paz, la puesta del ser humano en el centro del suceder de la humanidad, pero a la vez, admitirse incapaz de otra forma de organización política. O convencerse de que el discurso único, sobre que esta forma de vida es la única posible, es la verdad mas absoluta.
No existe la definición política por negación. No hubo anti-nazistas, ni antifachistas, ni contracomunistas, ni anti-islamitas, ni contraprogresistas. Sólo existieron tales grupos como minorías abocadas a la destrucción de otros, como por ejemplo, los macartistas, o la Alianza Anticomunista Argentina. Pero siempre funcionaron como falange de una mano que deseaba apretar en su puño resultados mas violentos, certeros y con miras políticas y económicas bien claras.
Si los anticapitalistas consiguieran su objetivo de terminar con el capitalismo, ¿Qué harían? Si los indignados lograran ser escuchados e ingresar a una reunión del G20, ¿Qué propondrían? ¿Que no recorten el presupuesto de educación, ni saquen dinero de las jubilaciones? ¿Qué no compriman el gasto público y que generen empleo? ¿Qué revitalicen la industria real y no el mercado de especulación? Y ¿cómo podrían los lideres del mundo hacer tal cosa? Si Obama tomara esa decisión, como evitaría que su país fuera desfinanciado.
En Argentina también se reclamó por el confort. Las clases medias se indignaron y conducidas por el revolucionario Nito Artaza golpeaban las puertas de los bancos. Nadie dice que no sea injusto que los bancos se queden con los ahorros, pero si, que es absurdo pensar que un sistema puede sobrevivir sobre sus propios gérmenes.
Obama, Sarkozy o Merkel hacen bien. ¿Qué otra cosa podrían hacer? ¿Por quien van a hacer otra cosa, si todo el mundo le reclama que hagan justo eso que hacen? Si les piden que el país no se destruya, y el país genera su energía económica de las corporaciones y bancos, ¿qué deberían salvaguardar los gobernantes? A las corporaciones y a los bancos. Se enojan porque les han quitado su calidad de vida ¿Que van a hacer los gobernantes? Intentar volver las condiciones de vida a como eran hace tres años. En Inglaterra piden que no aumenten el arancel de la educación, y a la vez respaldan la idea de que el Estado no intervenga en la economía. Lo mismo en Estados Unidos, piden seguridad social pero que el Estado sea un observador. ¿Dónde estaban los indignados cuando Obama presentó la reforma al sistema de salud y se la rechazaron las corporaciones?
Cómo explicarle a una chica de Oakland, que tal vez, no podrá comprar el último disco Britney, y que la universidad se aleja porque sus padres deberán pagar una hipoteca que crece por centímetros. Como decirle que era mentira, que esa sociedad en la que se crió, donde le prometieron que nunca le faltaría la Coca Cola para comer, la visita diaria a Mc Donald, el auto nuevo cada año, el seguro social derivado del trabajo de su padre, se esfuma como una alucinación psicótica. Como hacerle ver que su riqueza se basaba en la catástrofe de Haití, en los muertos de Palestina,  en la bomba nuclear de Iram, en el ahorcamiento de Sadam Husein, en las victimas del septiembre 11, en los presos de Guantánamo, en los Sin Tierra de Brasil, en los pobres niños del Chacho.
Esa chica está indignada. Lo mismo que tantos en Inglaterra, Francia, España, Grecia, Italia, Túnez, y Siria. En Atenas ganaron los indignados. Los millones de griegos que salieron a las calles fueron victoriosos, y consiguieron…que se fuera el presidente a cambio de otro presidente que estuvo al frente del Banco Mundial. ¿Cuál es la expectativa en Italia para la salida de Berlusconi? Que venga alguien que pueda devolver el estándar de vida. “La credibilidad internacional de Italia”, dicen, para que pueda volver a ser confiable para los mercados y así conseguir financiación e inversiones externas.  
Nuestra experiencia demuestra que, a los reclamos de nuestros indignados, le siguió un gobierno duhaldista, antidemocrático, en el sentido no haber sido elegido por el pueblo, que confiscó los dólares, aumentó la deuda externa y no restableció el empleo, ni dignificó a los abuelos, ni trajo esperanzas para los jóvenes.  Nosotros ya vimos el “que se vayan todos”, esa especie de ilusión de Lovecraft, que hace pensar que los políticos son una raza aparte, que vive en la isla Martin García, y vienen a gobernar cada tanto. Y Hemos (o deberíamos) aprendido que los gobernantes son la expresión de su pueblo.
Da esperanza ver que en todo el globo, miles de personas se manifiestan como nunca hubiéramos sospechado. Los chicos de Oakland pusieron ya su carpa blanca, los españoles fueron apaleados en la Puerta del Sol. Nuestros hermanos chilenos no toleran mas la educación paga. Pero sería saludable no esperar que los gobernantes comprendan que el ajuste y el hambre son dos caras de la misma moneda. Sería saludable entender que sólo en la búsqueda de otro sistema posible, que coloque al ser humano como protagonista del acontecer de una sociedad, encontraremos una respuesta que garantice libertad, trabajo, paz, y felicidad.
Que la indignación de lugar a la certeza, que la certeza nos permita ver un nuevo mundo posible, que la esperanza, de la fuerza para luchar por un verdadero cambio que nos hermane. Y que el futuro nos encuentre lúcidos.

viernes 26 de agosto de 2011

¿Ganar es el tope?

Una discusión se va instalando en el fondo de toda la cuestión electoral. Tan en el fondo que hasta resulta imperceptible. Invisible para los que fueron brutalmente derrotados, porque el horizonte es juntar algunos puntos mas para no pasar papelones, invisible para los que ganaron porque desde arriba del podio, la espuma de champagne nubla el camino recorrido, o no interesa.
Si ganar es lo que cuenta, entonces no importan los medios ni los contenidos de la victoria. Parece que la vieja antinomia entre si primero hay que vencer y después generar los cambios o al revés, si primero es necesario cambiar, -el entramado social, las formas, la conciencia de clase, o como se llame- y después hacerse con el poder, vuelve a ser un tema de discusión.
Muy subterráneo, y al calor de los números parece que no, que no es cierto, que a nadie le importa. Pero es entonces cuando tal vez, mientras algunos cantan la marchita comienzan a mirar de reojo y se descubren jóvenes o inocentes, vitoreando junto a sujetos con extensísimas causas penales, probados hechos de corrupción, dueños de bandas armadas dispuestos a partir caras y presupuestos municipales porque son LOS DUEÑOS.
Hay quienes cantan otras marchas, o que alisaban sus bigotes o remojaban sus barbas en manifiestos, en tiempos ya remotos, y que ahora se ven de la mano de personajes televisivos, televisados hasta el hartazgo. Dueños ellos de mapas contra los pobres, de versiones extrañas de justicia, donde lo justo es apalear, redistribuir el hambre, o cambiar “alicas” por alicates.
Están los del medio, los que cansados de perder con ideas propias prefieren ganar con las de otros y meterse de algún modo, a empujones, en la coyuntura armada para la ocasión.
No hay mirada moralista que los contenga, porque en fin, el juego de la política es eso, un juego amoral si cada uno se inclina por lo que será mejor para cada uno. Pero si cambiar la realidad no es sólo cambiar la coyuntura, el instante confortable, seguro habrá quien se pregunte si no hay otros modos de ganar, otro sentido de la militancia.
Desde todas las ideologías, hay estadistas que arengan desde el epicentro de la bolsa de gatos porque ven en esa bolsa su único futuro posible. Pero hay otros, no desesperen, que seguros de haber ganado o perdido en el camino correcto, tratan y tratan de vencer el falso paradigma de que, en definitiva, mancha mas, mancha menos, somos todos animales.

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